martes, 1 de febrero de 2011
Los nuevos apátridas.
Estaba en el restaurante de la Condesa donde planeaba consumar mi crimen de hambre. Había pernoctado las quince noches anteriores en un hotel llamado Fiesta Americana, y este no era un hotel barato. Pensaba que podía conseguir un domicilio fijo a la semana de estar en el D.F.,pero la empresa naufragaba cual Titanic inmobiliario. En el café, cuyo nombre no recuerdo, había pocas personas. Decidí pedir una cerveza mientras decidía de qué tamaño iba a ser mi robo. Una cerveza me podía dar el tiempo necesario para estudiar friamente cada movimiento del personal. Saqué un cuaderno y empecé a anotar los tiempos en que salían y entraban los meseros. Traté de desarrollar una ecuación que permitiera predecir el momento exacto de mi huida, pero como no tengo muchas destrezas matemáticas que digamos, el resultado fue una hoja escrita con números y variables inconexas. Es el momento del plato fuerte. Supuse que pedir algo extremadamente costoso podría generar sospechas. Además mostrar hambre podía llamar la atención del enemigo. Me decidí por un sandwich de atún, papas a la francesa y una copa de helado. Comía mientras sumaba, restaba, dibujaba planos del lugar y posibles rutas de escape. Pedí la cuenta. Fue entonces cuando recordé que mi abuela me había regalado unos pesos mexicanos antes de mi viaje. Dinero que no tenía para ese momento ningún valor que no fuera sentimental. Suficientemente viejos para no valer nada y suficientemente nuevos para no valer nada. De cualquier manera decidí dejar esos billetes en la bandeja de la cuenta, como quién deja una bomba de humo financiera, y poner mis piés en polvorosa. Salí del café y caminé lentamente sin mirar atrás. Tenía claro que no prestaría atención a ningún llamado. Llegué a la esquina y corrí. Nunca más volví. Al café de la Condesa. Robar es ahora mi profesión.
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